Por las ventanas se colaba la luz de la mañana, dejando se dibujaran con suficiente nitidez las siluetas de los objetos que estáticos parecían tejer una danza invisible, apenas perceptible al voltear bruscamente la mirada, una danza en primavera donde el canto de los canarios parecía entonaba una melodía mágica al despertar de los días de Mayo.
Y en el buró junto a la cama, una sola fotografía. La única en toda la casa, cubierta por una densa capa de polvo endurecido por los años en un marco de plata, una plata que hace mucho había perdido su brillo y era sustituido por una rugosa y oxidante costra negra.
Una lámpara que pocas ocasiones era encendida acompañaba el otro extremo de la cabecera, donde no se necesitaba de luz para percibir por el intoxicante aroma; la existencia de un cenicero, hondo, lleno de arena blanca que parecía un mar minúsculo, con pequeños naufragios consumidos hasta la marca de los dedos; diariamente visitado, celosamente, a la misma hora. Un objeto que dejaba expuesta una vida rutinaria desde hace un par de décadas.
Cerillos de madera con cabeza roja, sobre una carpeta tejida amarillenta, que dejaba a saber que mas de una ocasión alguien se había quedado dormido con un cigarro en las manos. Un pequeño baúl carcomido que guardaba los secretos más insignificantes de una historia grabada con tinta de una pluma fuente, que se extravío por los azares del... destino; un destino que había partido y parecía nunca mas volvería.
La cama, no era mas que un mueble mal ubicado en los espacios de ese cuarto lleno de nostalgia, con un polvo cenizo y denso que cubría las paredes de una tristeza vieja. Era mas bien y para único fin, el descanso de un cuerpo apolillado. Era un nido frío, duro, encajonado, mas parecido a un ataúd cómodo donde las almohadas podían contar las historias de antiguas batallas sostenidas en ese mítico lugar ahora retirado de esos ajetreos..
Un librero, una mesa con un sillón por silla, donde la luz siempre dejaba al descubierto las evidencias que olvidaba desaparecer. Ya fuera de día o de noche, el lugar siempre quedaba dispuesto al ultraje de los recuerdo, dejándolos plasmados en extrañas líneas que en un principio eran incomprensibles metáforas que no se podían entender. Y que ahora eran mas bien confesiones despreocupadas, pues hace mucho no existía otro par de ojos que descifrara su significado.
EL calor podía sentirse desde muy de madrugada, y ya a esa hora de la mañana volvía insoportables las sabanas rozando sobre piel. Mas sin embargo había llovido por la noche y el ambiente ahora era húmedo lo que hacia tolerable y hasta cómodo el calor de la mañana, nada comparado a los días anteriores, en los que se podía sentir los pulmones quemarse a cada respiro.
Se trataba de un día un tanto extraño, por no decir contrastante en la vida de aquel hombre.
Los canarios brincaban de un lado de la jaula a otro y los pericos los acompañaban con un escándalo típico de primavera , mientras unos azulejos de la campiña se refrescaban en el agua de la fuente que estaba justo en medio del jardín.
Era aun muy temprano y el sol aun no rebasaba la espesura de las jacarandas que adornaban de un azul violáceo o a veces rosa, el panorama de ese lugar extraño y mágico, disfrazando la lontananza lúgubre de otras épocas del año.
Y de algún modo coincidía la explosión de sus flores con las festividades en el pueblo dedicadas a Simón de Gitta patrono del lugar. Donde todas las casas eran maquilladas del color de la santidad por orden del Cura Lucio Aguilera de Cantoria, pues pensaba que al Santo se le vestía así desde siempre y hasta algunos juraban era un milagro la coincidencia hermosa del tono de las jacarandas con una aparición del mismo Simón.
Era un hombre de mucho carácter, encargado de la organización de esta fiesta y del cobro anual del Diezmo para la salvación de las almas. Un hombre de buena voluntad que aconsejaba a las familias y recaudaba buenas limosnas para el sustento del convento o para su propia canonización después de muerto.
Y es que ninguna persona en el pueblo era tan vieja para recordar que, el bosque de jacarandas que rodeaba el valle había existido mucho antes a la llegada de los Almerienses; quienes habían adoptado la veneración a Simón de Gitta mas por error de interpretación que por autentica fe.
Habían llegado desde la antigua España donde fueron perseguidos con saña: desde la Andalucía de los Reyes Católicos poco después de que destronaran al Zagal, hasta terminar del otro lado del mundo en un pueblito mágico y tranquilo donde las flores de las jacarandas manchaban las empedradas calles, y ahí en ese lugar predilecto era venerado a miles de kilómetros y a quinquenios de años.
Era una casa vieja, de paredes de adobe muy altas donde pequeñas lagartijas tomaban los primeros rayos de sol. La pintura blanca se había desmoronado y heridas de erosión dejaban al descubierto unos ladrillos pesados donde pequeñas plantas se aferraban para no caer al abismo. En la fachada principal se levantaba un obelisco donde pendía peligrosamente una higuera tierna que ensuciaba la entrada con pesados higos negros a mediados de Junio y una campana vieja, forjada de un cobre verde se levantaba en el punto mas alto, desde donde anunciaba la llegada de algún visitante perdido, esté solo tenia que tirar de un cordón en el enorme portón de madera que daba a la calle contigua de la avenida principal.
Una luz omnipresente desfilaba por los pasillos, desde la planta alta, descendiendo por las escaleras de mármol hasta penetrar en la ultima habitación por las troneras.
El jardín estaba meticulosamente distribuido para que todas las plantas recibiera la misma porción de luz y no mas de la necesaria.
Era el centro de un panorámico episodio de la época colonial. Con candelabros forjados a mano en los pilares y lámparas colgando de las vigas de madera en los pasillos.
Gardenias, rosas, jazmines, geranios, alcatraces y tulipanes pintaban un cuadro de dimensiones exageradas y aromático olor a santidad. Que estaba delimitado de la casa por una pequeña banquetilla de ladrillo rojo.
Y en toda esta estancia se escuchaba una canción melancólica desconocida para el mundo que provenía de un megáfono, situado en la mesita donde ondulante bailaba el humo de un tabaco dispuesto al alcance de la mano al igual que la taza de café. Un toallero de hojalata y un hombre esbelto que cantaba en tonos grabes.
Se miraba vacío con unos ojos negros en los que aun se podía distinguir un diminuto brillo de nostalgia o de alguna ilusión terca, en ese espejo que solo dejaba ver su rostro; mientras con una destreza que solo el tiempo y la practica pueden dar, se desdibujaba la gruesa barba que nacía desde el cuello y cubría casi media mejilla; amarilla el las comisuras de los labios y la barbilla que confesaba un mal habito practicado con devoción impetuosa. Era una barba prominente en el mentón y las patillas donde uno mechones grisáceo se enredaban con las ideas más banales de una frente requemada y amplia que flanqueaba las tupidas cejas y unas pestañas rizadas que enmarcaban sus ojos grandes para protegerlos de los rayos del sol que para esta hora ya calentaban las paredes bajas y algunos ladrillos del suelo.
Rápida y eficaz en algunas partes, una hoja rompía la luz en destellos invisibles, era un instrumento de uso cotidiano, con un mango negro y gastado pero con una hoja pulida y muy filosa. Inflaba las mejillas o empujaba con la lengua según fuera el sitio, teniendo extremada precaución en la yugular que palpitaba al roce de la hoja provocativa. De vez en cuando quitaba la enjabonadura de la navaja en una tinaja de peltre con agua tibia; pues no le gustaba la sensación de asfixia que le daba la toalla caliente, menos en esta temporada de calor casi infernal. Aunque esto le dificultaba un poco la labor, parecía que era la mano de un Artista la que redescubría un rostro gastado pero con un atractivo ambiguo. Casi preservado a pesar del paso del tiempo.
viernes, 20 de junio de 2008
jueves, 12 de junio de 2008
"Ningun adios mejor que el de todos los dias"
Doy gracias
Por no saber donde acaba el día
Y donde empieza el otro.
Doy gracias
Por esta taza de café
Por mis cobijas sucias
Y por que hoy estuvo mi madre
Para pelear con ella
Doy gracias
Por el nombre que repetiré hasta dormirme
Doy gracias
Por el nombre que recordare por la mañana
Doy gracias
Por los que me desean males
Doy gracias por los que aun rezan
Y por los que rezan por mi.
Doy gracias.
Por la vida que tengo y que no cambiaria
Doy gracias
Por mi padre, mi amigo, mi ejemplo, mi todo.
Doy gracias
Por mi hermana, por su amor
Sus ilusiones... que todas se vuelvan realidad
Por mi sobrina que hoy cumplió dos años ¡mil gracias!
Doy gracias
Porque la muerte ha respetado a lo que mas quiero
Doy gracias
Por lo que no he hecho y
Por lo que nunca haré
Doy gracias
Por mis hermanos
David, Luis ¡los amo!
Y pido que los llenes de glorias
Pero que no apartes las derrotas de su camino
Que también es el mío.
Gracias por mis carencias
Y por las tuyas
Doy gracias por tu lado malo
Por tu sostén y tu látigo que son la misma cosa
Doy gracias por mis ojos
Mis manos, mi cabeza, mis alas.
Porque puedo respirar por mi mismo
Porque puedo comer o ayunar
Doy gracias por los años de mal pase
Por lo que conozco
Y por lo incomprendido
Doy gracias,
Por los que me hieren
y por los que he herido
doy gracias por todo lo que he olvidado
y gracias por lo que me guardes para mañana
doy gracias si es que es mi ultima noche
doy gracias por si es mi primer día
Pero sobre todas las cosas...
doy gracias
Por este miedo que en esta hora te guardo
Señor.
Por no saber donde acaba el día
Y donde empieza el otro.
Doy gracias
Por esta taza de café
Por mis cobijas sucias
Y por que hoy estuvo mi madre
Para pelear con ella
Doy gracias
Por el nombre que repetiré hasta dormirme
Doy gracias
Por el nombre que recordare por la mañana
Doy gracias
Por los que me desean males
Doy gracias por los que aun rezan
Y por los que rezan por mi.
Doy gracias.
Por la vida que tengo y que no cambiaria
Doy gracias
Por mi padre, mi amigo, mi ejemplo, mi todo.
Doy gracias
Por mi hermana, por su amor
Sus ilusiones... que todas se vuelvan realidad
Por mi sobrina que hoy cumplió dos años ¡mil gracias!
Doy gracias
Porque la muerte ha respetado a lo que mas quiero
Doy gracias
Por lo que no he hecho y
Por lo que nunca haré
Doy gracias
Por mis hermanos
David, Luis ¡los amo!
Y pido que los llenes de glorias
Pero que no apartes las derrotas de su camino
Que también es el mío.
Gracias por mis carencias
Y por las tuyas
Doy gracias por tu lado malo
Por tu sostén y tu látigo que son la misma cosa
Doy gracias por mis ojos
Mis manos, mi cabeza, mis alas.
Porque puedo respirar por mi mismo
Porque puedo comer o ayunar
Doy gracias por los años de mal pase
Por lo que conozco
Y por lo incomprendido
Doy gracias,
Por los que me hieren
y por los que he herido
doy gracias por todo lo que he olvidado
y gracias por lo que me guardes para mañana
doy gracias si es que es mi ultima noche
doy gracias por si es mi primer día
Pero sobre todas las cosas...
doy gracias
Por este miedo que en esta hora te guardo
Señor.
La noche que lloro Jorge
Ha puesto la muerte las manos en tus ojos
Y has dejado de ver.
El pánico es lo único a lo que pudiste recurrir
Y es que jamás habías abierto los ojos ciego.
Recuerdas como en ocasiones los cerrabas
Y memorizabas con tus pasos la distancia
Del comedor a la cocina, de la sala al estudio.
De la vida a tu muerte...
Dos perlas grises brillan ahora
y al llenarse de lagrimas.
en silencio derramas el poco orgullo y lo que
tenias de vanidad.
Un par de lagrimas ruedan y quieres decir algo
Querías gritar ¡No veo!
Querías gritar ¡Me muero!
Pero tu esposa tomo tu mano
Y se puso a rezar por ti.
Y has dejado de ver.
El pánico es lo único a lo que pudiste recurrir
Y es que jamás habías abierto los ojos ciego.
Recuerdas como en ocasiones los cerrabas
Y memorizabas con tus pasos la distancia
Del comedor a la cocina, de la sala al estudio.
De la vida a tu muerte...
Dos perlas grises brillan ahora
y al llenarse de lagrimas.
en silencio derramas el poco orgullo y lo que
tenias de vanidad.
Un par de lagrimas ruedan y quieres decir algo
Querías gritar ¡No veo!
Querías gritar ¡Me muero!
Pero tu esposa tomo tu mano
Y se puso a rezar por ti.
sábado, 31 de mayo de 2008
A la Deriva
El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.
Horacio Quiroga
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves . . .
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de respirar.
Horacio Quiroga
viernes, 30 de mayo de 2008
Despierta!
Estoy hundido en la monotonía de una sociedad que se desangra a cada hora.
Y en el curso que el destino me ha marcado, no hay travesía que despierte interés en mi naturaleza como ser humano.
Incapaz de seguir tratando de vivir en esta antesala del infierno , tratando de esbozar mi camino, disfrazando el miedo, enfermedad y odio.
Revuelto en la incapacidad de olvidar , de asaltar mi memoria y borrar esos recuerdos que corroen mi alma y mi sangre, sangre de un cuerpo repudiado por lo que una vez fue vida; por que no hay vida sin ti.
Rodeado de una urbe bañada en su propio vomito, en un lugar donde no caben los sueños y se disipan las ilusiones como el roció que se desvanece al nacer el día. Acostumbrado a vivir ajustado a una lastimosa posición, atentando contra la marca lacerarte de este amor.
Si algo sabes hacer muy bien es manipularme como a una marioneta, es tan sencillo que cambies la lontananza que me rodea para hundirme o salvarme de lo que llaman soledad.
Porque solo tu puedes hacer que la sutil línea que prefigura los limites existentes entre la vida y la muerte, sea oprimida, sin consideración y todo el entorno, hasta los actos cotidianos: una mirada rencorosa, una palabra altisonante o un ligero accidente; tengan otro sentido.
Es aquí en este momento cuando mas te amo, cuando representas la puerta que se cierra, el sosiego y la tranquilidad que acompaña la habitación a solas.
Y ya te extraño como si el tiempo hubiera apiñado todas las horas que anteceden muestro amor imposible, y pesan y me aplastan contra el mismo suelo.
Mira; lo ves... no es nada.
Y en el curso que el destino me ha marcado, no hay travesía que despierte interés en mi naturaleza como ser humano.
Incapaz de seguir tratando de vivir en esta antesala del infierno , tratando de esbozar mi camino, disfrazando el miedo, enfermedad y odio.
Revuelto en la incapacidad de olvidar , de asaltar mi memoria y borrar esos recuerdos que corroen mi alma y mi sangre, sangre de un cuerpo repudiado por lo que una vez fue vida; por que no hay vida sin ti.
Rodeado de una urbe bañada en su propio vomito, en un lugar donde no caben los sueños y se disipan las ilusiones como el roció que se desvanece al nacer el día. Acostumbrado a vivir ajustado a una lastimosa posición, atentando contra la marca lacerarte de este amor.
Si algo sabes hacer muy bien es manipularme como a una marioneta, es tan sencillo que cambies la lontananza que me rodea para hundirme o salvarme de lo que llaman soledad.
Porque solo tu puedes hacer que la sutil línea que prefigura los limites existentes entre la vida y la muerte, sea oprimida, sin consideración y todo el entorno, hasta los actos cotidianos: una mirada rencorosa, una palabra altisonante o un ligero accidente; tengan otro sentido.
Es aquí en este momento cuando mas te amo, cuando representas la puerta que se cierra, el sosiego y la tranquilidad que acompaña la habitación a solas.
Y ya te extraño como si el tiempo hubiera apiñado todas las horas que anteceden muestro amor imposible, y pesan y me aplastan contra el mismo suelo.
Mira; lo ves... no es nada.
El otro yo
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Antonio. Corriente en todo menos en una cosa: tenía un Otro Yo. El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Antonio no podía ser tan vulgar como era su deseo. Una tarde Antonio llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado. Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Antonio, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó. Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el proposito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas . Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Antonio.Y pensar que parecía tan fuerte y saludable». El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.
Anonimo
Anonimo
«la suerte del insensato será también la mía».
ve, come tu pan con alegría y bebe a gusto tu vino
porque Dios ya aceptó tus obras.
Que tus vestiduras permanezcan siempre blancas
y nunca falte perfume en tu cabeza.
Disfruta la vida con la mujer amada
en todos tus días de vanidad
que Dios te concedió bajo el sol.
Porque ésta es tu porción de vida
y en tu fatigoso trabajo bajo el sol
sigue los caminos de tu corazón y el deseo de tus ojos
sabiendo que Dios te pedirá cuentas.
porque Dios ya aceptó tus obras.
Que tus vestiduras permanezcan siempre blancas
y nunca falte perfume en tu cabeza.
Disfruta la vida con la mujer amada
en todos tus días de vanidad
que Dios te concedió bajo el sol.
Porque ésta es tu porción de vida
y en tu fatigoso trabajo bajo el sol
sigue los caminos de tu corazón y el deseo de tus ojos
sabiendo que Dios te pedirá cuentas.
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