-Treinta y dos grados Don Román, y son a la sombra; debería al menos desabrocharse ese botón de la camisa, se me valla a desmayar.
-Un caballero nunca pierde el porte Lorenzo, nunca lo olvides.
-Pase usted caballero, acabamos de espantar las moscas nada mas para usted.
Le dijo con mueca burlona, mientras habría sus brazos para recibirlo en un fuerte apretón de amigos.
-Siempre de igualado muchacho, parece que no aprendes nada con los años.
-No se enoje Don Román nada mas estaba yo jugando, pásele , y dígame que va a ser hoy; la barba y el bigote, le planchamos las cejas, manicure, pedicure, o ahora si se anima y le teñimos esa cabecita blanca.
-Ya vas a empezar con tus cosas, no te digo si parece que el calor te embriaga de nuevo.
-Si apenas es medio día, no me quiera hacer la maldad, ¡haber Filomena!
¡caliéntame la tinaja de agua, ya sabes, y toma el bastón de Don Román!
¡y ora si no dejes que los chamacos lo agarren! ¡Oíste!
Paso frente a los espejos que le dejaron ver, en un frío instante, la fugaz alegría de una vida, una vida repleta de esas subidas y bajadas que dejan solo la esperanza amarrada a las entrañas, como un cosquilleo de adolescente enamorado.
Sonrió con esa risa que guardaba solo para ocasiones especiales, se acomodo el saco en la percha, y confió el bastón a la prudencia de Filomena.
-Se ve usted muy bien hoy Don Román, a que se debe la ocasión-
-Nada mas muchacho, sucede que hoy salió el sol mas temprano, y pues ya no tuve que esperarme en la cama a escuchar el ruido en la calle.
-Lo mismito le decía en la mañana a Filomena, “ya ha de andar Don Román cascando el Bastón por las aceras” ¡¿No te lo decía en la mañana mujer?!
-Si pues así es Lorenzo, a mi edad uno no puede perder el tiempo bajo las sabanas.
-¡Eso si!, pero dígame...
La platica transcurrió como si en mucho tiempo no se hubieran tenido la delicadeza de saber el uno del otro, y sucede que son como esas ocasiones que de verdad uno se detiene a preguntar sinceramente ¿Cómo estas?, y no por el simple hecho de preguntarlo, sino porque tal vez por un instante, la vida juega con esas cartas que dos personas pueden entender. De ese único modo en el que podían decir que los sucesos cotidianos eran los milagros que uno esperaban muchas veces sin saberlo.
En silencio Lorenzo estiro la mano para cambiar la estación de la radio, sintonizando una estación vieja que sabia le encantaba a Don Román. Y Don Román sabia que Lorenzo era una de esas personas a las que el no podía llamar corrientes, era su amigo y artista personal. Pues siempre decía que ni Leonardo o Miguel Ángel pudieron hacer lo que su barbero, y por eso le confiaba su cabeza.
-¿Así esta bien de arriba, o le quito menos?
- ¡No muchacho! Esos déjamelos así como están si no al rato el sol me requema los sesos.
-¡no no no! Mejor ni los toco no se vallan a chiquear.
Con habilidad casi natural Lorenzo daba forma a la melena blanca de Don Román, la experiencia que los años le habían dado y el tiempo que llevaba de conocerlo, le hacían fácil la tarea de doblegar esos cabellos necios, y esos remolinos tercos, no le era necesario preguntar como, donde, afirmar era dudar de su mano sabia. Solo de vez en cuando echaba un tijerazo al aire o decía una mala palabra para comprobar que Don Román siguiera despierto. Y él nunca lo estaba.
Suavemente inclino el sillón para no despertar a lo brusco a su mejor cliente. Y Don Román hizo como si no hubiera perdido noción del tiempo, retomando la platica que hace muchos minutos Lorenzo había dado por finalizada. Tomo la navaja y se dispuso a dar forma a esas barbas duras; no antes remojándolas con la toalla caliente que Filomena había preparado.
Se agachaba, se inclinaba, lo subía, lo bajaba, fruncía el seño, y re estiraba.
Al cabo de un rato exclamo:
- ¡Listo!, como nuevo.
Y paso el espejo por sus espaldas por detrás de las orejas, tomo el cepillo mas suave, y lo paso por su ancha frente, después de aplicar colonia y Talco en la barbilla aun rosada, por el calor de la Toalla.
Don Román tomo un momento y dijo:
-Eres un artista Lorenzo, un verdadero artista, ¡no confiaría mi cabeza a nadie mas!
Se levanto lentamente del sillón tratando de no despertar a sus piernas engarrotadas, se puso erguido y contemplo un momento mientras acomodaba el cuello de su camisa, ajustando el botón dentro del ojal.
-un caballero nunca pierde el porte Lorenzo, nunca lo olvides.
Dijo mientras tomaba el saco del perchero para después alejarse cascando el bastón en la acera.
Compro con la señora de la esquina un ramo de Claveles blancos, por los que pago veinte pesos. Se adentro a un paso lento pero muy firme por el camino que varios años había visitado, siempre en la misma fecha, celosamente a la misma hora.
Un lugar donde uno pensaría que el amor es lo único que no se puede encontrar. Pero ahí estaba. La misma banca reservada para el, a la sombra de ese Roble enorme donde se quedaba contemplando a las aves, el aire, la tierra, la vida en plenitud.
Dejo caer una lagrima en algún clavel, dejo a un lado su fiel bastón y se apoyo con una mano en la lapida fría para poder hincarse. Retiro unas hojas secas y acomodo cuidadosamente el ramo de claveles. Mientras decía:
-Un año mas Viejita... un año mas.
sábado, 9 de agosto de 2008
domingo, 27 de julio de 2008
Paguina 26
"Hay un desprendimiento liberador en el acto de romper las hojas que uno ha escrito, acaso por haber notado en ellas la desnudez obscena de un par de sentimientos."
sábado, 19 de julio de 2008
Mi padre y mi casa.
Yo me parezco a esta casa
Que hoy esta abandonada
Fue la casa en que vivimos
Hoy es triste y desolada
Con el tiempo los recuerdos
se arraigan y tienes ganas
De gritar que en otros tiempos
fui feliz con mis hermanas
Hay que tristeza mi viejo
ya no se escucha tu voz
Ya no se escuchan tus pasos
Ya no se escuchan canciones
Te esperan los viejos sillones
cansado verte llegar
que nos pasa ahora casa
desde que te abandonamos
con mi espíritu cansado
tus muros y tu fachada
se han manchado de musgos y de alborada
y del dolor que produce
el estar como mi alma desolada
Hay que tristeza mi viejo
ya no se escucha tu voz
Ya no se escuchan tus pasos
Ya no se escuchan canciones
Te esperan los viejos sillones
cansado verte llegar
que nos pasa ahora casa
desde que te abandonamos
con mi espíritu cansado
tus muros y tu fachada
se han manchado de musgos y de alborada
y del dolor que produce
el estar como mi alma desolada...
Juan Salvador
Que hoy esta abandonada
Fue la casa en que vivimos
Hoy es triste y desolada
Con el tiempo los recuerdos
se arraigan y tienes ganas
De gritar que en otros tiempos
fui feliz con mis hermanas
Hay que tristeza mi viejo
ya no se escucha tu voz
Ya no se escuchan tus pasos
Ya no se escuchan canciones
Te esperan los viejos sillones
cansado verte llegar
que nos pasa ahora casa
desde que te abandonamos
con mi espíritu cansado
tus muros y tu fachada
se han manchado de musgos y de alborada
y del dolor que produce
el estar como mi alma desolada
Hay que tristeza mi viejo
ya no se escucha tu voz
Ya no se escuchan tus pasos
Ya no se escuchan canciones
Te esperan los viejos sillones
cansado verte llegar
que nos pasa ahora casa
desde que te abandonamos
con mi espíritu cansado
tus muros y tu fachada
se han manchado de musgos y de alborada
y del dolor que produce
el estar como mi alma desolada...
Juan Salvador
viernes, 20 de junio de 2008
Nada...
Por las ventanas se colaba la luz de la mañana, dejando se dibujaran con suficiente nitidez las siluetas de los objetos que estáticos parecían tejer una danza invisible, apenas perceptible al voltear bruscamente la mirada, una danza en primavera donde el canto de los canarios parecía entonaba una melodía mágica al despertar de los días de Mayo.
Y en el buró junto a la cama, una sola fotografía. La única en toda la casa, cubierta por una densa capa de polvo endurecido por los años en un marco de plata, una plata que hace mucho había perdido su brillo y era sustituido por una rugosa y oxidante costra negra.
Una lámpara que pocas ocasiones era encendida acompañaba el otro extremo de la cabecera, donde no se necesitaba de luz para percibir por el intoxicante aroma; la existencia de un cenicero, hondo, lleno de arena blanca que parecía un mar minúsculo, con pequeños naufragios consumidos hasta la marca de los dedos; diariamente visitado, celosamente, a la misma hora. Un objeto que dejaba expuesta una vida rutinaria desde hace un par de décadas.
Cerillos de madera con cabeza roja, sobre una carpeta tejida amarillenta, que dejaba a saber que mas de una ocasión alguien se había quedado dormido con un cigarro en las manos. Un pequeño baúl carcomido que guardaba los secretos más insignificantes de una historia grabada con tinta de una pluma fuente, que se extravío por los azares del... destino; un destino que había partido y parecía nunca mas volvería.
La cama, no era mas que un mueble mal ubicado en los espacios de ese cuarto lleno de nostalgia, con un polvo cenizo y denso que cubría las paredes de una tristeza vieja. Era mas bien y para único fin, el descanso de un cuerpo apolillado. Era un nido frío, duro, encajonado, mas parecido a un ataúd cómodo donde las almohadas podían contar las historias de antiguas batallas sostenidas en ese mítico lugar ahora retirado de esos ajetreos..
Un librero, una mesa con un sillón por silla, donde la luz siempre dejaba al descubierto las evidencias que olvidaba desaparecer. Ya fuera de día o de noche, el lugar siempre quedaba dispuesto al ultraje de los recuerdo, dejándolos plasmados en extrañas líneas que en un principio eran incomprensibles metáforas que no se podían entender. Y que ahora eran mas bien confesiones despreocupadas, pues hace mucho no existía otro par de ojos que descifrara su significado.
EL calor podía sentirse desde muy de madrugada, y ya a esa hora de la mañana volvía insoportables las sabanas rozando sobre piel. Mas sin embargo había llovido por la noche y el ambiente ahora era húmedo lo que hacia tolerable y hasta cómodo el calor de la mañana, nada comparado a los días anteriores, en los que se podía sentir los pulmones quemarse a cada respiro.
Se trataba de un día un tanto extraño, por no decir contrastante en la vida de aquel hombre.
Los canarios brincaban de un lado de la jaula a otro y los pericos los acompañaban con un escándalo típico de primavera , mientras unos azulejos de la campiña se refrescaban en el agua de la fuente que estaba justo en medio del jardín.
Era aun muy temprano y el sol aun no rebasaba la espesura de las jacarandas que adornaban de un azul violáceo o a veces rosa, el panorama de ese lugar extraño y mágico, disfrazando la lontananza lúgubre de otras épocas del año.
Y de algún modo coincidía la explosión de sus flores con las festividades en el pueblo dedicadas a Simón de Gitta patrono del lugar. Donde todas las casas eran maquilladas del color de la santidad por orden del Cura Lucio Aguilera de Cantoria, pues pensaba que al Santo se le vestía así desde siempre y hasta algunos juraban era un milagro la coincidencia hermosa del tono de las jacarandas con una aparición del mismo Simón.
Era un hombre de mucho carácter, encargado de la organización de esta fiesta y del cobro anual del Diezmo para la salvación de las almas. Un hombre de buena voluntad que aconsejaba a las familias y recaudaba buenas limosnas para el sustento del convento o para su propia canonización después de muerto.
Y es que ninguna persona en el pueblo era tan vieja para recordar que, el bosque de jacarandas que rodeaba el valle había existido mucho antes a la llegada de los Almerienses; quienes habían adoptado la veneración a Simón de Gitta mas por error de interpretación que por autentica fe.
Habían llegado desde la antigua España donde fueron perseguidos con saña: desde la Andalucía de los Reyes Católicos poco después de que destronaran al Zagal, hasta terminar del otro lado del mundo en un pueblito mágico y tranquilo donde las flores de las jacarandas manchaban las empedradas calles, y ahí en ese lugar predilecto era venerado a miles de kilómetros y a quinquenios de años.
Era una casa vieja, de paredes de adobe muy altas donde pequeñas lagartijas tomaban los primeros rayos de sol. La pintura blanca se había desmoronado y heridas de erosión dejaban al descubierto unos ladrillos pesados donde pequeñas plantas se aferraban para no caer al abismo. En la fachada principal se levantaba un obelisco donde pendía peligrosamente una higuera tierna que ensuciaba la entrada con pesados higos negros a mediados de Junio y una campana vieja, forjada de un cobre verde se levantaba en el punto mas alto, desde donde anunciaba la llegada de algún visitante perdido, esté solo tenia que tirar de un cordón en el enorme portón de madera que daba a la calle contigua de la avenida principal.
Una luz omnipresente desfilaba por los pasillos, desde la planta alta, descendiendo por las escaleras de mármol hasta penetrar en la ultima habitación por las troneras.
El jardín estaba meticulosamente distribuido para que todas las plantas recibiera la misma porción de luz y no mas de la necesaria.
Era el centro de un panorámico episodio de la época colonial. Con candelabros forjados a mano en los pilares y lámparas colgando de las vigas de madera en los pasillos.
Gardenias, rosas, jazmines, geranios, alcatraces y tulipanes pintaban un cuadro de dimensiones exageradas y aromático olor a santidad. Que estaba delimitado de la casa por una pequeña banquetilla de ladrillo rojo.
Y en toda esta estancia se escuchaba una canción melancólica desconocida para el mundo que provenía de un megáfono, situado en la mesita donde ondulante bailaba el humo de un tabaco dispuesto al alcance de la mano al igual que la taza de café. Un toallero de hojalata y un hombre esbelto que cantaba en tonos grabes.
Se miraba vacío con unos ojos negros en los que aun se podía distinguir un diminuto brillo de nostalgia o de alguna ilusión terca, en ese espejo que solo dejaba ver su rostro; mientras con una destreza que solo el tiempo y la practica pueden dar, se desdibujaba la gruesa barba que nacía desde el cuello y cubría casi media mejilla; amarilla el las comisuras de los labios y la barbilla que confesaba un mal habito practicado con devoción impetuosa. Era una barba prominente en el mentón y las patillas donde uno mechones grisáceo se enredaban con las ideas más banales de una frente requemada y amplia que flanqueaba las tupidas cejas y unas pestañas rizadas que enmarcaban sus ojos grandes para protegerlos de los rayos del sol que para esta hora ya calentaban las paredes bajas y algunos ladrillos del suelo.
Rápida y eficaz en algunas partes, una hoja rompía la luz en destellos invisibles, era un instrumento de uso cotidiano, con un mango negro y gastado pero con una hoja pulida y muy filosa. Inflaba las mejillas o empujaba con la lengua según fuera el sitio, teniendo extremada precaución en la yugular que palpitaba al roce de la hoja provocativa. De vez en cuando quitaba la enjabonadura de la navaja en una tinaja de peltre con agua tibia; pues no le gustaba la sensación de asfixia que le daba la toalla caliente, menos en esta temporada de calor casi infernal. Aunque esto le dificultaba un poco la labor, parecía que era la mano de un Artista la que redescubría un rostro gastado pero con un atractivo ambiguo. Casi preservado a pesar del paso del tiempo.
Y en el buró junto a la cama, una sola fotografía. La única en toda la casa, cubierta por una densa capa de polvo endurecido por los años en un marco de plata, una plata que hace mucho había perdido su brillo y era sustituido por una rugosa y oxidante costra negra.
Una lámpara que pocas ocasiones era encendida acompañaba el otro extremo de la cabecera, donde no se necesitaba de luz para percibir por el intoxicante aroma; la existencia de un cenicero, hondo, lleno de arena blanca que parecía un mar minúsculo, con pequeños naufragios consumidos hasta la marca de los dedos; diariamente visitado, celosamente, a la misma hora. Un objeto que dejaba expuesta una vida rutinaria desde hace un par de décadas.
Cerillos de madera con cabeza roja, sobre una carpeta tejida amarillenta, que dejaba a saber que mas de una ocasión alguien se había quedado dormido con un cigarro en las manos. Un pequeño baúl carcomido que guardaba los secretos más insignificantes de una historia grabada con tinta de una pluma fuente, que se extravío por los azares del... destino; un destino que había partido y parecía nunca mas volvería.
La cama, no era mas que un mueble mal ubicado en los espacios de ese cuarto lleno de nostalgia, con un polvo cenizo y denso que cubría las paredes de una tristeza vieja. Era mas bien y para único fin, el descanso de un cuerpo apolillado. Era un nido frío, duro, encajonado, mas parecido a un ataúd cómodo donde las almohadas podían contar las historias de antiguas batallas sostenidas en ese mítico lugar ahora retirado de esos ajetreos..
Un librero, una mesa con un sillón por silla, donde la luz siempre dejaba al descubierto las evidencias que olvidaba desaparecer. Ya fuera de día o de noche, el lugar siempre quedaba dispuesto al ultraje de los recuerdo, dejándolos plasmados en extrañas líneas que en un principio eran incomprensibles metáforas que no se podían entender. Y que ahora eran mas bien confesiones despreocupadas, pues hace mucho no existía otro par de ojos que descifrara su significado.
EL calor podía sentirse desde muy de madrugada, y ya a esa hora de la mañana volvía insoportables las sabanas rozando sobre piel. Mas sin embargo había llovido por la noche y el ambiente ahora era húmedo lo que hacia tolerable y hasta cómodo el calor de la mañana, nada comparado a los días anteriores, en los que se podía sentir los pulmones quemarse a cada respiro.
Se trataba de un día un tanto extraño, por no decir contrastante en la vida de aquel hombre.
Los canarios brincaban de un lado de la jaula a otro y los pericos los acompañaban con un escándalo típico de primavera , mientras unos azulejos de la campiña se refrescaban en el agua de la fuente que estaba justo en medio del jardín.
Era aun muy temprano y el sol aun no rebasaba la espesura de las jacarandas que adornaban de un azul violáceo o a veces rosa, el panorama de ese lugar extraño y mágico, disfrazando la lontananza lúgubre de otras épocas del año.
Y de algún modo coincidía la explosión de sus flores con las festividades en el pueblo dedicadas a Simón de Gitta patrono del lugar. Donde todas las casas eran maquilladas del color de la santidad por orden del Cura Lucio Aguilera de Cantoria, pues pensaba que al Santo se le vestía así desde siempre y hasta algunos juraban era un milagro la coincidencia hermosa del tono de las jacarandas con una aparición del mismo Simón.
Era un hombre de mucho carácter, encargado de la organización de esta fiesta y del cobro anual del Diezmo para la salvación de las almas. Un hombre de buena voluntad que aconsejaba a las familias y recaudaba buenas limosnas para el sustento del convento o para su propia canonización después de muerto.
Y es que ninguna persona en el pueblo era tan vieja para recordar que, el bosque de jacarandas que rodeaba el valle había existido mucho antes a la llegada de los Almerienses; quienes habían adoptado la veneración a Simón de Gitta mas por error de interpretación que por autentica fe.
Habían llegado desde la antigua España donde fueron perseguidos con saña: desde la Andalucía de los Reyes Católicos poco después de que destronaran al Zagal, hasta terminar del otro lado del mundo en un pueblito mágico y tranquilo donde las flores de las jacarandas manchaban las empedradas calles, y ahí en ese lugar predilecto era venerado a miles de kilómetros y a quinquenios de años.
Era una casa vieja, de paredes de adobe muy altas donde pequeñas lagartijas tomaban los primeros rayos de sol. La pintura blanca se había desmoronado y heridas de erosión dejaban al descubierto unos ladrillos pesados donde pequeñas plantas se aferraban para no caer al abismo. En la fachada principal se levantaba un obelisco donde pendía peligrosamente una higuera tierna que ensuciaba la entrada con pesados higos negros a mediados de Junio y una campana vieja, forjada de un cobre verde se levantaba en el punto mas alto, desde donde anunciaba la llegada de algún visitante perdido, esté solo tenia que tirar de un cordón en el enorme portón de madera que daba a la calle contigua de la avenida principal.
Una luz omnipresente desfilaba por los pasillos, desde la planta alta, descendiendo por las escaleras de mármol hasta penetrar en la ultima habitación por las troneras.
El jardín estaba meticulosamente distribuido para que todas las plantas recibiera la misma porción de luz y no mas de la necesaria.
Era el centro de un panorámico episodio de la época colonial. Con candelabros forjados a mano en los pilares y lámparas colgando de las vigas de madera en los pasillos.
Gardenias, rosas, jazmines, geranios, alcatraces y tulipanes pintaban un cuadro de dimensiones exageradas y aromático olor a santidad. Que estaba delimitado de la casa por una pequeña banquetilla de ladrillo rojo.
Y en toda esta estancia se escuchaba una canción melancólica desconocida para el mundo que provenía de un megáfono, situado en la mesita donde ondulante bailaba el humo de un tabaco dispuesto al alcance de la mano al igual que la taza de café. Un toallero de hojalata y un hombre esbelto que cantaba en tonos grabes.
Se miraba vacío con unos ojos negros en los que aun se podía distinguir un diminuto brillo de nostalgia o de alguna ilusión terca, en ese espejo que solo dejaba ver su rostro; mientras con una destreza que solo el tiempo y la practica pueden dar, se desdibujaba la gruesa barba que nacía desde el cuello y cubría casi media mejilla; amarilla el las comisuras de los labios y la barbilla que confesaba un mal habito practicado con devoción impetuosa. Era una barba prominente en el mentón y las patillas donde uno mechones grisáceo se enredaban con las ideas más banales de una frente requemada y amplia que flanqueaba las tupidas cejas y unas pestañas rizadas que enmarcaban sus ojos grandes para protegerlos de los rayos del sol que para esta hora ya calentaban las paredes bajas y algunos ladrillos del suelo.
Rápida y eficaz en algunas partes, una hoja rompía la luz en destellos invisibles, era un instrumento de uso cotidiano, con un mango negro y gastado pero con una hoja pulida y muy filosa. Inflaba las mejillas o empujaba con la lengua según fuera el sitio, teniendo extremada precaución en la yugular que palpitaba al roce de la hoja provocativa. De vez en cuando quitaba la enjabonadura de la navaja en una tinaja de peltre con agua tibia; pues no le gustaba la sensación de asfixia que le daba la toalla caliente, menos en esta temporada de calor casi infernal. Aunque esto le dificultaba un poco la labor, parecía que era la mano de un Artista la que redescubría un rostro gastado pero con un atractivo ambiguo. Casi preservado a pesar del paso del tiempo.
jueves, 12 de junio de 2008
"Ningun adios mejor que el de todos los dias"
Doy gracias
Por no saber donde acaba el día
Y donde empieza el otro.
Doy gracias
Por esta taza de café
Por mis cobijas sucias
Y por que hoy estuvo mi madre
Para pelear con ella
Doy gracias
Por el nombre que repetiré hasta dormirme
Doy gracias
Por el nombre que recordare por la mañana
Doy gracias
Por los que me desean males
Doy gracias por los que aun rezan
Y por los que rezan por mi.
Doy gracias.
Por la vida que tengo y que no cambiaria
Doy gracias
Por mi padre, mi amigo, mi ejemplo, mi todo.
Doy gracias
Por mi hermana, por su amor
Sus ilusiones... que todas se vuelvan realidad
Por mi sobrina que hoy cumplió dos años ¡mil gracias!
Doy gracias
Porque la muerte ha respetado a lo que mas quiero
Doy gracias
Por lo que no he hecho y
Por lo que nunca haré
Doy gracias
Por mis hermanos
David, Luis ¡los amo!
Y pido que los llenes de glorias
Pero que no apartes las derrotas de su camino
Que también es el mío.
Gracias por mis carencias
Y por las tuyas
Doy gracias por tu lado malo
Por tu sostén y tu látigo que son la misma cosa
Doy gracias por mis ojos
Mis manos, mi cabeza, mis alas.
Porque puedo respirar por mi mismo
Porque puedo comer o ayunar
Doy gracias por los años de mal pase
Por lo que conozco
Y por lo incomprendido
Doy gracias,
Por los que me hieren
y por los que he herido
doy gracias por todo lo que he olvidado
y gracias por lo que me guardes para mañana
doy gracias si es que es mi ultima noche
doy gracias por si es mi primer día
Pero sobre todas las cosas...
doy gracias
Por este miedo que en esta hora te guardo
Señor.
Por no saber donde acaba el día
Y donde empieza el otro.
Doy gracias
Por esta taza de café
Por mis cobijas sucias
Y por que hoy estuvo mi madre
Para pelear con ella
Doy gracias
Por el nombre que repetiré hasta dormirme
Doy gracias
Por el nombre que recordare por la mañana
Doy gracias
Por los que me desean males
Doy gracias por los que aun rezan
Y por los que rezan por mi.
Doy gracias.
Por la vida que tengo y que no cambiaria
Doy gracias
Por mi padre, mi amigo, mi ejemplo, mi todo.
Doy gracias
Por mi hermana, por su amor
Sus ilusiones... que todas se vuelvan realidad
Por mi sobrina que hoy cumplió dos años ¡mil gracias!
Doy gracias
Porque la muerte ha respetado a lo que mas quiero
Doy gracias
Por lo que no he hecho y
Por lo que nunca haré
Doy gracias
Por mis hermanos
David, Luis ¡los amo!
Y pido que los llenes de glorias
Pero que no apartes las derrotas de su camino
Que también es el mío.
Gracias por mis carencias
Y por las tuyas
Doy gracias por tu lado malo
Por tu sostén y tu látigo que son la misma cosa
Doy gracias por mis ojos
Mis manos, mi cabeza, mis alas.
Porque puedo respirar por mi mismo
Porque puedo comer o ayunar
Doy gracias por los años de mal pase
Por lo que conozco
Y por lo incomprendido
Doy gracias,
Por los que me hieren
y por los que he herido
doy gracias por todo lo que he olvidado
y gracias por lo que me guardes para mañana
doy gracias si es que es mi ultima noche
doy gracias por si es mi primer día
Pero sobre todas las cosas...
doy gracias
Por este miedo que en esta hora te guardo
Señor.
La noche que lloro Jorge
Ha puesto la muerte las manos en tus ojos
Y has dejado de ver.
El pánico es lo único a lo que pudiste recurrir
Y es que jamás habías abierto los ojos ciego.
Recuerdas como en ocasiones los cerrabas
Y memorizabas con tus pasos la distancia
Del comedor a la cocina, de la sala al estudio.
De la vida a tu muerte...
Dos perlas grises brillan ahora
y al llenarse de lagrimas.
en silencio derramas el poco orgullo y lo que
tenias de vanidad.
Un par de lagrimas ruedan y quieres decir algo
Querías gritar ¡No veo!
Querías gritar ¡Me muero!
Pero tu esposa tomo tu mano
Y se puso a rezar por ti.
Y has dejado de ver.
El pánico es lo único a lo que pudiste recurrir
Y es que jamás habías abierto los ojos ciego.
Recuerdas como en ocasiones los cerrabas
Y memorizabas con tus pasos la distancia
Del comedor a la cocina, de la sala al estudio.
De la vida a tu muerte...
Dos perlas grises brillan ahora
y al llenarse de lagrimas.
en silencio derramas el poco orgullo y lo que
tenias de vanidad.
Un par de lagrimas ruedan y quieres decir algo
Querías gritar ¡No veo!
Querías gritar ¡Me muero!
Pero tu esposa tomo tu mano
Y se puso a rezar por ti.
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